- ¡¿Quién eres?! – Exclamó Montecarlo
El silencio abundó en el lugar. Montecarlo tomó su arcabuz y apuntó al chico:
- ¡¿Quién mierda eres?! – Gritó nuevamente, para entonces presionar el gatillo y hacer saltar una bala
Alzó la mirada, el joven se lanzaba hacia atrás, resguardándose tras una enorme vitrina de vidrio. El cabecilla alzó la pistola, recargó la misma y frunció el ceño, una sonrisa se implantó en su rostro y las balas comenzaron a rebotar de un lado hacia otro.
Impacto tras impacto, las balas hacían volar trozos de vidrio, aun sin dejar ver al joven. Un paso hacia adelante, de inmediato el chico se asomó por la abertura lanzó un disparo. La bala pasó de largo, Montecarlo dio la vuelta, el chico corría por la sala a una velocidad monstruosa:
- ¡No escaparas!
Las abalas comenzaron a volar por el lugar nuevamente, impactando pasos por detrás del chico, quien colocaba la mirada sobre su adversario y apretaba el gatillo.
Un escalofriante sonido. Las balas sonaban una detrás de otra, tomando el silencio del lugar y haciéndolo estallar en un intercambio de fuego. Las balas provenían de ambos lados; el cabecilla, con su carabina en mano haciendo volar su lugar y, Paul, el chico, quien en plena ventaja rodeaba a Montecarlo y se acercaba cada vez más y más.
Un paso en falso. El cabecilla militar dio la vuelta y pegó el disparo, de inmediato algo abatió sobre el suelo. Unos cuantos pies hacia adelante bastaron para hallarse en la escena, y, encontrarse con que no era más que un engaño. Una banqueta de madera se esparcía por el suelo, imitando la caída del joven, conformando la estrategia del chico.
Montecarlo lanzó una mirada desesperada por todo el lugar, intentando hacer contacto con el extraño, quien no daba señal de vida. Un rápido giro, el arma en su garganta, sus ojos enfrentados y su blancuzca mascara. Montecarlo había caído en la trampa del chico y ahora estaba en una posición casi mortal, en que una equivocación podría significar que él gatillara, y, como consecuencia, su muerte.

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