Las noches desde aquel día pasan casi en minutos. La vigilancia nocturna es algo normal para mí, horario donde más delitos se cometen, y, por lo tanto, cuando más chillidos hacen volar mi cabeza. Mi filosa me acompaña, ayudándome a batallar contra aquellos endemoniados seres; homicidas, violadores, delincuentes de todo tipo que asechan en la obscuridad, desprevenidos de mi llegada, de la llegada de su muerte…
Abrí ambos ojos, un cielo azul se desprendía ante mí, el sol se alzaba en lo alto y yo me hallaba tendido en la cima de un enorme edificio. Me levanté de inmediato y lancé un bostezo, no habían pasado más de uno hora desde que me recostaba, pero era hora de ir al colegio, por más que lo quisiera no podía dejar mis tareas.
De inmediato me coloqué de pie y me acerqué a la punta del edificio, para entonces lanzar una mirada baja y lanzarme al vacío. El viento comenzó a golpear mi rostro con fuerza, cuatro grandes alas se abrieron en mi espalda y de inmediato abatí sobre el suelo.
Los escombros saltaban con fuerza, las personas a mi alrededor observaban asustadas, retirándose e intentando encontrar el objeto culpable de la caída, pero nadie me avistaba. Lacé un suspiro y me sumergí ante la multitud, mis alas desaparecieron al instante y mi cuerpo volvió a ser humano de nuevo.
Me hallaba en mi butaca, descansando el tiempo que en la noche no podía hacerlo, despistado ante mi profesor de historia, quien dictaba la clase al igual que todos los días.
Entreabrí mis ojos y eché un vistazo al ventanal. A lo lejos, un gran humanoide alado se sostenía en el aire con fuerza. Se trataba de Gabriel, quien me observaba fijamente pareciendo esperarme.
La campana sonó y de inmediato me levanté de mi asiento, coloqué ambas manos en los bolsillos de la taleguilla y broté de la sala:
- ¿Qué quieres? – Pregunté observando a Gabriel
- ¿Qué haces aquí? ¿No deberías ocuparte de tus asuntos?
- Debo estar en clases por más que sea un ángel o lo que tú quieras… Además, hace más de un mes que no vienes, he pasado todos los días cumpliendo la tarea…
- Y al parecer no muy bien
- ¿Cómo?
- Ven… Debemos irnos cuanto antes…
- ¿Adonde?
Gabriel, sin siquiera responderme tomó su espada y realizó un rápido corte. Un enorme ventarrón hizo danzar mis cabellos y al instante un enorme hueco negro se formó en el lugar. Las alas de Gabriel se abrieron y me tomó con fuerza, para entonces lanzarme contra el hueco y seguirme el paso.

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