viernes, 27 de mayo de 2016

Ángel de la muerte 2nd Capítulo 16: El ser de grandes ojos II

Tomé mi chaqueta verde y la lancé por los aires, una blancuzca remera salió a la vista y de inmediato me coloqué en posición:
  • Acabaré contigo, maldito monstruo…
Rápidamente di un paso al frente y me lancé al ataque. Mis fluidos movimientos comenzaron a ser atrayentes por todo el lugar, intentando acabar con el demonio ante mí, quien esquivaba todos mis ataques y sin mucho dilema por detrás.
Un gran movimiento, mi oponente dio un gran salto en el aire y al instante una gran patada impactó contra mi rostro, lanzándome hacia atrás de momento. Tomé equilibrio, alcé la vista y coloqué la mirada sobre el enemigo, mi sonrisa aún seguía allí. Mi mano, con ligereza, atrapó la pierna del maldito y en segundos su rostro era golpeado contra el suelo. Di un paso hacia atrás y el enemigo se colocó de pie con rapidez.
El ser abrió de gran manera sus ojos, realizó un extravagante movimiento con su cuerpo y se embaló hacia mí. De inmediato sus garras como cuchillas comenzaron se abrieron camino. Bloquee el ataque y las mismas comenzaron a chocar contra mi filosa con una increíble velocidad.
Un golpe, su puño impactó contra mi cuerpo, al instante su cola se retorció y salí lanzado contra el suelo. Abrí ambos ojos, sus garras estaban a tan solo centímetros de mí, un desesperado movimiento, tomé mi filosa y bloqueé su ataque. Aquel metálico sonido se extendió por todo el lugar. Lancé un golpe, mi pierna impactó contra su cuerpo y este se alejó a rastras de mi un momento, suficiente para colocarme de pie nuevamente.
Lancé un suspiro y alcé la mirada. Al momento su cola se movió a una velocidad catastrófica, golpeado como un latigazo mi pierna derecha. Un pequeño tajo se abrió en mi piel y un pequeño chorro de sangre se descubrió al instante.
Pegué un rápido vistazo, de nuevo su cola se arrimaba a mí. Di un giro y esquivé su ataque, para entonces tomar mi espada y bloquear el siguiente. Su mirada sobre mí, sus golpes no se detenían ni por un segundo y seguían atacándome, intentando castigarme, y yo lo sabía, no podría hacerlo por siempre.
Di un paso hacia atrás y coloqué mi espada frente a mí, intentando utilizarla como escudo mientras me escabullía de sus golpes. En ese momento su cola se avalanchó sobre mí y se embrolló en mi espada con vigor.

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