Entré en la habitación, constaba de miles de pilares que al elevar la cabeza ya no se distinguía, un enorme trono en el que el Grande se hallaba sentado y un tono blancuzco que despertaba todo el lugar, ya me había encontrado allí.
Gabriel dio unos pasos hacia adelante y se agachó ante el Señor, yo repetí la acción y agaché la vista:
- De pie, Azrael…
Levanté mi rostro y miré fijamente al Grande, quien frente con sus ojos pegados a mi cruzaba sus manos. Me coloqué de pie:
- ¿Qué te preocupa, hijo? – Preguntó el Señor, curioso de mis penas - ¿Por qué crees que has sido llamado?
- Mi muerte no está muy lejos de suceder, Señor… - Admití – Ustedes, a pesar de que este poder se me fue otorgados por ustedes… No se han preocupado siquiera con una simple explicación… No han surgido ante mi desde entonces…
- ¿Y entiendes porque es esto? ¿Acaso entiendes porque no hemos surtido ante ti? ¿Por qué tantos males asechas tu mundo? – Preguntó el Señor- Déjame que responda a tus preguntas más profundas…
- ¿A qué se debe?
- Ya lo has oído antes… El cielo y el averno, ambos están en guerra constantemente… Pero en este momento, a causa de tu surgimiento, a causa de tu enorme poder, Lucifer te ha temido, Azrael…
- ¿Me ha temido?
- Así es… Es por eso que los reyes del averno van tras de ti… A eso se debe el monstruo que hace varias semanas, a pesar de ser humano, lograba verte… A eso se debe su inmenso poder…
- No puedo comprenderlo… ¿Cómo es que Lucifer se ha fijado en mí?
Gabriel ser colocó de pie y colocó su mano sobre mi hombro:
- Eso se debe a tu estirpe… Los de tu rama siempre han sido débiles celestiales, pero han aprendido a criar como guerreros a sus semillas… Tu eres uno de ellos, y tu poder es miles de veces mayor que cualquiera de los tuyos…
- Así es – Afirmó el Señor- Y es por ese motivo que no se te ha brindado ayuda… No es necesario hacerlo…
- ¡Pero…!
- No intentes refutarlo, deberías saberlo bien, y si no lo sabes lo sabrás… Pelea, no te acobardes, Azrael, que la sangre de los dioses corre en tus venas…
Agaché mi cabeza de inmediato:
- Bien…
De repente un cruel sonido comenzó a liquidar mis oídos, el chillido de siempre retumbaba en los míos. Di la vuelta y observé sufrido la salida:
- Ve… Después de todo esa es tu tarea… - Exclamó el grande…
En ese momento las nubes en las que me encontraba de pie comenzaron a dispersarse y bajo ellas la ciudad comenzó a verse. Di la vuelta y observé con rapidez a ambos, como despidiéndome, para entonces lanzarme entre las nubes y comenzar a abatir contra la tierra.

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