miércoles, 11 de mayo de 2016

Ángel de la muerte 2nd Capítulo 3: Vuelta al consagrado lugar

De inmediato salí arrojado del hueco negro y me hallé en un escenario desesperante. El viento sacudía contra mi rostro con pujanza, lograba observar como grandes nubarrones bailoteaban bajo mí y yo derrumbaba con fuerza contra ellas.
Gabriel brotó en las alturas, con grandes alas emergiendo de su espalda y abriéndose con ligereza superponiéndose ante la luz del sol. Una gran caída, Gabriel colocó su mirada sobre mí y se arrojó al instante. Sus manos cercaron mi brazo y de inmediato me elevó hacia él.
El viento se transfiguró en celaje, Gabriel y yo integrábamos a la nube bajo nosotros. Abrí mis ojos, aquel lugar era ya reconocido por mí, ya por segunda vez me hallaba en aquel extraño, pero a la vez consagrado terreno.
La potencia se elevó, Gabriel se proyectó contra un formidable domo que todo cubría, al instante miles de seres alados emprendieron a observarme detenidamente. Gabriel me soltó al instante y mi cuerpo reventó contra el suelo.
Levanté la vista, una enorme portezuela se alzaba ante mí. Gabriel se arrimó hacia mí y me alcanzó su mano:
  • Vamos, él quiere hablar contigo…
Yo, frenético, retiré la misma y lo miré directo a los ojos:
  • No me jodas…
  • ¿Cómo?
  • ¡No me jodas! ¡Ya hace más de un mes que me he convertido en esto! – Prorrumpí mirándolo fijo a los ojos - ¡Varias veces me he enfrentado a la mismísima muerte! ¡Y todo esto sin su ayuda!
Gabriel se retiró un paso y cruzó miradas:
  • ¡¿Y ahora crees que me dejaré dirigir por ustedes tan fácilmente?!
No pasó más de un instante, mi rostro era castigado con firmeza, mi cuerpo caía con fuerza contra el suelo, un hilo de sangre se corría de mi boca. Un gran golpe, alcé la vista, el ser me observaba fijamente, con una mirada neutra en su rostro:
  • Solo cállate, siquiera entiendes la verdadera razón de porque estás aquí…
  • ¡Tal vez mis ancestros hayan servido ante ustedes! ¡Pero no lo harán conmigo!
Gabriel, furibundo y con su cabeza agacha tomó con rapidez su florete y la avecinó hacia mí, acariciando mi cuello y esbozando un tajo en el:
  • No digas una palabra más… - Gabriel alzó su rostro. Grandes lagrimas se desprendían de sus ojos - ¡Solo levántate y muévete ahora mismo!
Yo, con mis puños cerrados y tomado por la furia espaciosamente comencé a apaciguar, hasta entonces soltar mis manos, limpiar mi rostro y colocarme de pie.

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