Mi cuerpo planeaba con rapidez metros por encima de los vehículos, esquivando los colectivos que de vez en cuando me hallaba en el camino. Las personas caminaban de un lado hacia el otro por la senda, observaban sus pies moviéndose con rapidez uno frente al otro. De repente el imponente chiflido reventó mi cabeza.
Rápidamente di la vuelta y enterré mis pies en la avenida, formando un enorme trazo de brecha que bloquearía el tránsito por un momento. Miles de bocinas sonaron, las personas observaron el acto, enormes tajos partían en dos la vía, pero, al igual que siempre no lograban detectarme.
Di un vistazo rápido, un joven de tez negra, grandes crestas y sus manos en ambos bolsillos era de quien procedía el zumbido. Un paso hacia adelante y un pequeño cráter se formó en el lugar, haciendo retroceder varios vehículos por el impacto y lanzándome contra el hombre de inmediato.
Empuñé mi filosa con ambas manos y lancé el golpe, al instante el joven esquivó el ataque y mi golpe atravesó el muro frente a mí. Los gritos comenzaron a sonar en el lugar y la gente comenzó a correr despavoridamente, alejándose del lugar. Lancé una mirada sobre mi adversario, quien me miraba con firmeza, así es, era capaz de verme.
Tomé el mango de mi arma y la desenterré de la pared, para entonces lanzar tomarla con fuerza. Un movimiento y mi espada comenzó a menearse con ligereza, intentando encontrar el cuerpo del joven, pero este esquivando todos mis ataques.
Cerré mi puño y al instante lancé el golpe, el chico dio un giro y sin remedio pasé de largo. Un golpe, su pie izquierdo impactaba contra mis costillas, lanzándome al suelo en un instante.
Rápidamente me coloqué de pie y me lancé nuevamente. Un golpe en mi barbilla de parte del joven, haciéndome retroceder y volver a colocarme. No paso un instante, una abrumadora lluvia comenzó a abatir contra nuestras cabezas:
- ¿Quién eres? – Pregunté. El hombre no quitó la vista de encima, no sacó sus manos de su bolsillo y siquiera quitó aquel rostro neutro que poseía
Tomé mi filosa y nuevamente lancé un ataque. El filo de mi arma rozó sus cabellos y con rapidez su mano izquierda tomó mi cuello, para entonces hacerme impactar contra el muro y mirarme fijamente.
Sus manos envolvían mi cogote con pujanza, impidiéndome respirar y levantando ligeramente mi cabeza. Pasó un minuto hasta que finalmente el joven decidió soltarme, colocare nuevamente sus frías manos en sus bolsillos y cubrir su cabello con su capucha.
Lentamente el chico comenzó a alejarse de mí, caminando mientras se empapaba bajo la lluvia. Cerré mis ojos y me recosté sobre el suelo no sin antes recuperar el aliento.

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