miércoles, 4 de mayo de 2016

Relato de un Imperio Capítulo 38: Una botella en el armario

El cabecilla militar, Don Montecarlo, caminaba lentamente por los pasillos del cuartel, acompañado de dos de sus soldados y dirigiéndose hacia su oficina:
  • Señor, ¿Qué piensa hacer con el equipo del oficial Martínez? – Preguntaba uno de los militares, intrigado por lo que había sucedido esa misma noche
  • Déjenlo…
  • ¿Cómo? – Inquirió el oficial, estupefacto - ¿Acaso entiende que la investigación que están realizando no solo es perjudicial para nosotros, sino también para nuestro país?
  • Lo se…
  • ¿Y no entiende que en cualquier momento podríamos acabar con ellos? – Expuso – Tan solo con dos o tres escuadras podríamos hacerlo desaparecer de la noche a la mañana…
  • Lo se…
  • Entone, viendo en la posición que estamos creo que deberíamos reconsiderarlo…
Montecarlo se detuvo, dio un giro y abrió la puerta de su oficina, para entonces dar la vuelta y observar a su seguidor:
  • ¡Ya dije que no lo haríamos! – Gritó – Tan solo déjenlo estar… Yo entenderé el momento en que sea oportuna la masacre…
La puerta se cerró con fuerza frente a ambos soldados. El cabecilla, entró a su oficina, llena de estanterías abordadas por millones de libros, con un suelo de madera pulida casi reflejante. Un paso al frente, Montecarlo tomó su saco y lo lanzó contra su escritorio, para entonces acercarse a un armario y tomar de inmediato una botella de un wiski puro.
La boca en el pico, el líquido comenzó a ingresar en el cuerpo del cabecilla, quien, molesto, observaba un enorme cuadro colgado en su muro:
  • Maldición… ¡Maldición! – Gritaba él
Un golpe en la pared hizo retumbar la sala:
  • Ese maldito de Martínez… Contradiciendo mis órdenes… - Prorrumpió - ¡Maldito imbécil!
La mano en su pantalón, un rápido movimiento y su arma quedó descubierta. Una gran carabina cercenada alzaba en el aire, con la mira frente al mano cuadro, a punto de ser gatillada.
De repente un sonido se escuchó en el lugar. Montecarlo dio la vuelta. La ventana q1ue hace segundos estaba cerrada se abría de lado a lado, dejando entrar un fresco aire de invierno. El cabecilla dejó la botella y dio unos pasos hacia el lugar. Nuevamente un segundo ruido sonó en el lugar. La prisa lo llevó y este giró de inmediato. Un joven, de pequeña estatura, con una blancuzca mascara de detalles negros y roturas en sus ojos se hallaba frente a él:
  • Saludos señor Montecarlo… - Exclamó el joven. Para entonces tomar de su saco una gran pistola y apuntar hacia el cabecilla- Finalmente nos conocemos…

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