Alcé la mirada, miles de brazos se apalancaban sobre mí. Por detrás, la columna se alzaba aún contra el cielo y sus extremidades seguían naciendo. Una pequeña esfera la conectaba con el terreno, allí se hallaba él. Tomé con pujanza mi florete y me lancé al ataque.
Mi cuerpo se movía de un lado al otro, mi espada arrancaba brazo tras brazo, dibujando un camino rojizo que marcaba el suelo. Los ataques no se detenían, daba giros con rapidez, mis ojos estaban fijos en cada uno de ellos, mis alas se abrían de tal manera que el cielo parecía bajar ante mí y darme el poder para vencerlo
Me hallaba a solo metros. Un remo se arrimó a mi e intentó atajarme. Con rapidez lancé el golpe y el tramo abatió sobre el suelo. Lancé la embestida, un grito cubrió todo el lugar; mi filosa abrió un enorme tajo en aquella esfera negra, producida a partir de aquel mugroso material. Un chorro de sangre embarró mi rostro y entré en el lugar.
Me coloqué en posición; el ser estaba justo delante de mí. Lancé un golpe, abriendo un hueco en su cuerpo. La sustancia se desfiguró al instante y su puño impactó contra mi rostro. Alcé mis piernas, empuñé mi espada y nuevamente me embalé contra él.
El filo de mi arma abría grandes heridas en todo su cuerpo. La sangre salpicaba por todo el lugar y mi mirada no salía de su curso. Pero volvía a regenerarse3. No pasaba un instante y su cuerpo volvía a ser el mismo. Con aquella odiosa sonrisa en su rostro, mirándome detenidamente desde arriba, esperando mi cuerpo.
Un movimiento. Un gran brazo surgió del muro de la esfera y apaleo mi abdomen. El ser lanzó el siguiente golpe, haciéndome caer para entonces adherirse a la pared y mirarme con desagrado:
- Tan solo muere…
El ojo en aquella completa oscuridad desapareció, lo único que me decía que él realmente estaba allí desaparecía ante mí, saliendo de la habitación con rapidez, encerrándome completamente y cerrando el tajo que había abierto con mi espada. La desesperación comenzó a tomarme.
Un golpe, mi cuerpo era molido golpes por aquellos brazos, los cuales surgían de la nada y siquiera podía distinguir dentro de tal obscuridad. La sangre comenzaba a fluir nuevamente, no podría escapar, era imposible, en el estado que me encontraba, escapar a tan dolorosa goliza
- No me puedo rendir… - Me dije. Los golpes seguían dando contra mí - ¡No me rendiré ahora!
Una llama se encendió en el lugar, mis ojos rojos se tornaban verdes y una llama del Kumitzu comenzaba a alzarse en mi brazo derecho. Me coloqué de pie por tercera vez. Un brazo se embaló contra mí, con rapidez la corte. La llama de los dioses comenzó a escalar la extremidad y consumir la esfera entera. Un nuevo ataque, esta vez daba contra mi espalda, atravesaba la misma y surgía desde mi pecho. La tomó con fuerza, la misma comenzó a arder en llamas:
- ¡Escucha maldito! – Exclamé, para entonces tirar de la misma y arrancarla al momento - ¡No dejaré que ganes esta batalla!
Empuñé el mango de mi espada y su filo comenzó a expulsar grandes llamas verdes que realizaban una danza cautivadora.
Lancé un golpe, mi mano atravesó la pared de la esfera y el lugar se ilumino en llamas, un enorme hueco se formó en el lugar:
- ¡Acabaré contigo así me cuesta la vida!

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