martes, 7 de junio de 2016

Ángel de la muerte 2nd Capítulo 26: Su verdadera naturaleza

Nuevamente dimos un paso hacia adelante y seguimos nuestro camino. Para entonces subir a la última planta de la edificación. Ambos cruzamos miradas, el cielo se abría sobre nosotros. Salimos lanzados uno contra el otro. Tomé mi espada, cerró su puño, una sonrisa en su rostro me hacía ver la emoción que sentía.
Su puño izquierdo dio contra mi rostro de inmediato. Mi filosa cortaba en dos su cuerpo, separando sus piernas de su abdomen. Di un paso hacia atrás:
  • Ya te lo dije, Azrael… - Exclamó. En ese momento su mitad superior se vo9lvió a unir a la inferior - ¡No me acabaras con eso!
Me embalé al ataque nuevamente. Mi espada daba contra su cuerpo y abría grandes heridas de pies a cabeza, formando un charco de sangre bajo él. Pero su sonrisa seguía allí, y sus heridas eran instantáneamente cerradas por aquella sustancia negra que casi completaba ya su cuerpo.
Lancé el último golpe. Timé con ambas manos el mango de mi arma y arranqué de inmediato su cabeza. Haciéndola volar por detrás y saltar litros de sangre.
Un movimiento, su ojo derecho salió disparado de su rostro, dejando caer el resto al suelo y uniéndose nuevamente al cuerpo. La sustancia comenzó a extenderse del único ojo en su cuerpo y para mi sorpresa, la cabeza que se hallaba en el suelo, era recompuesta desde el ojo.
Un golpe, el monstruo pateo mi abdomen y me lanzó contra las rejas que encerraban al suelo superior. Alcé la mirada, las nubes se movían con rapidez de aquí para allá. Un ave, a lo lejos, realizaba su excéntrico velo, meneando sus alas con rapidez. Rex se acercaba a mí:
  • Su ojo…. La fuente de aquella sustancia, proviene del ojo derecho… - Me dije a mi mismo
Mi enemigo se colocó frente a mí, con aquella aterradora sonrisa, para entonces lanzar una avalancha de golpes sobre mí. Haciendo saltar chorros de sangre y embarrar el lugar de rojo. El monstruo dio la vuelta y se arrimó a las rejas:
  • ¡Vamos Azrael! ¡Levantarte! – Gritó para entonces lanzarse al aire desde aquella última planta
Me coloqué de pie con ligereza y me aproximé al borde. El ser, ya completamente negruzco, abatía sobre el suelo y alzaba grandes brazos raquíticos que se extendían desde su espalda. Me observaba fijamente:
  • ¡Vamos!

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