Me lancé al aire y abrí con fuerza mis alas. De inmediato sus tentáculos comenzaron a acometer contra mí. Rápidamente tomé mi filosa y emprendí a bloquear sus ataques, mientras cortaba en pedazos sus negruzcas extremidades.
Abatí contra el suelo y una nube de polvo se alzó con grandeza. Un enorme bosque ya abrasado se abría a nuestro alrededor. Me lancé al ataque. Sus brazos surgían con rapidez y me atacaban al momento. Con ligereza yo esquivaba sus ataq1ues, daba un salto y amputaba su rama, para continuar con la escena.
Me abrí paso de momento, me embalé contra Rex, quien, observándome desde arriba, sonreía como nadie y plantaba sus ojos sobre los míos. Lanzó un golpe, mi rostro quedó hundido en el terreno, una enorme herida se abrió en mi frente. Sus prolongaciones me enredaron de pies a cabezas y me lanzaron a metros de mi adversario. Me coloqué de pie y di la vuelta, él se hallaba allí, justo frente a mí:
- ¿Quién eres? – Volví a preguntar sin esperar una respuesta
- ¡Maldición, Azrael! ¡Ya deberías saberlo! – Dijo no sin antes tomar mi cuello entre sus manos y apretarlo con fuerza. Un hilo rojo comenzó a caer de mi boca y la sangre se acumulaba en mis ojos - ¡Mi nombre es Bladel!
La sangre comenzaba a salir de mi cuerpo, el cual era exprimido con fuerza. Un enorme grito hizo retumbar el lugar. El ser me dejó caer, un charco de sangre se formaba debajo de mí. Alcé la vista, él dio un paso hacia atrás y el escenario se volvió completamente negro.
A lo lejos, una enorme columna voluptuosa y de su misma textura se alzaba en el cielo, formando tentáculos a su alrededor que se movían formando una danza llamadora. Varios de aquellos brazos salieron embalados hacia mí:
- No puedo morir… - Me decía a mí mismo mientras los látigos volaban con rapidez. Me coloqué de pie y tomé mi espada - Al menos debo intentarlo…
Me coloqué en posición y los tentáculos cayeron en pedazos. Di un paso al frente y tomé carrera. Con rapidez mis pies comenzaron a moverse uno tras otro, acercándose más y más a los tentáculos que se seguían lanzando hacia mí.
Intenté evadirlo, realizando un excéntrico movimiento, pero instantáneamente sus brazos se pegaron mi pierna derecha, para luego seguir con mis brazos y finalmente el resto. Me tenían atrapado, no podía moverme, la sangre seguía fluyendo de mí y siquiera podía ver que había del otro lado de aquella gruesa capa viscosa.
Un grito bastó, una gota de sangre comenzó a abrirse paso entre mi cuenca. Alcé la vista, mi cabello se tornó de un color gris opaco, mis ojos se volvieron rojos y dos alas de más se postularon en mi espalda. Tomé con fuerza mi espada:
- ¡No me subestimes!

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