La gente transitaba sosegadamente por el lugar, el cielo se tornaba gris, tomando el amargo color de las cenizas. Pasó un momento. A la vuelta, un metálico y gran camión se acercaba a gran velocidad. Las personas dieron la vuelta y lanzaron una mirada. Un grito desesperante se oyó en el lugar.
El vehículo estacionó justo frente al edificio y varios hombres de uniforme rojizo comenzaron a bajar. La multitud, aterrada por el suceso, corría por su vida, al ver a la milicia detenerse frente al cuartel policial de la zona. El cabecilla dio un paso y entró en el lugar.
Una sonrisa en su rostro, una mirada descontrolada y un enorme cigarro entre sus labios:
- ¡Ya llegamos malditos! – Exclamó entre humeadas
Varios oficiales, quienes se hallaban en la sala, dieron la vuelta y se paralizaron de inmediato. Tras el cabecilla, cientos de militares, formados a la perfección y observando neutramente, se preparaban para comenzar el ataque.
Uno de los oficiales, con un rifle en sus manos, se acercó hacia el cabecilla y con rapidez lo miró a los ojos:
- Señor, ¿Cuál es el motivo de su visita? – Preguntó formalmente
El cabecilla, lanzó una rápida mirada sobre el oficial frente a él y lanzó una carcajada, para entonces tomar su magno revolver lanzó el disparo. Segundos después, la sangre del oficial empapaba el muro tras él. Y, el cadáver del oficial, abatía contra el suelo:
- No te metas en mis asuntos maldita cucaracha… Quiero hablar con su jefe…
Al instante, varios pasos comenzaron a sonar en la sala. El cabecilla giró su rostro. El oficial Martínez, se hallaba frente a él.

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