domingo, 24 de abril de 2016

Relato de un Imperio Capítulo 29: Problema

James entró con ligereza a la oficina del cabecilla, Héctor:
  • ¡Señor! ¡Tenemos un problema!
Héctor solevantó con rapidez de su silla y se acercó a James:
  • ¿Qué dices? ¿Un problema?
  • Los miembros que fueron enviados a los rincones de la zona, todos fueron atacados…
  • ¡¿Qué?! – Gritó Héctor, furioso - ¿Cuál es su estado? ¿Quién lo hizo?
  • Aún no sabemos quién fue, pero es fuerte, todos nuestros hombres fueron derrotados…
Héctor cerró su puño y lanzó un golpe contra su escritorio. El sonido retumbó en la habitación. James observaba detenidamente a su jefe, furioso por la noticia y atemorizado al no poder creer lo que estaba escuchando:
  • Búsquenlos, ahora mismo… - Exclamó - ¡No los dejen salirse con la suya!
De repente un magno sonido se escuchó en el lugar. James y Héctor salieron con rapidez de la sala, solo para encontrarse con la peor imagen posible. Un automóvil había entrado en el lugar, y, había estallado acabando con la vida de varios hombres:
  • ¡Rápido, tomen sus armas! – Gritó Ramírez con fuerza. Para entonces dar la vuelta, acercarse a un gran armario, abrir ambas puertas y tomar de él un gran y antiguo rifle - ¡Estamos bajo ataque!
Un revuelto se produjo en el lugar. Los restantes miembros de la familia, se armaban de pies a cabeza y rodeaban la entrada del lugar. Temblequeando por el miedo y queriendo escapar de inmediato, pero seguían allí, defendiendo su honor.
En ese momento un segundo vehículo entró en el lugar, impactando contra un enorme muro, haciendo caer montañas de escombros. De inmediato, los miembros, abrieron fuego contra el enemigo, haciendo golpear sus balas contra el vehículo que aceleraba hacia ellos. El vehículo dio un giro y derrapó en el lugar, al instante varios hombres de negro, con sus rostros cubiertos de máscaras blancas, bajaron del móvil y se colocaron en posición, apuntando cañón hacia sus enemigos.
Un silencio absoluto se formó en el lugar. Decenas de vehículos seguían entrando al edificio, colchándose uno al lado del otro y repitiendo la misma acción que el primero. En cuestión de minutos, el lugar entero se transformó en una trinchera, habitada por vaya a saber cuántos hombres, todos con sus armas frente a los miembros de la familia Doble.

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