martes, 26 de abril de 2016

Relato de un Imperio Capítulo 31: Reconquistando (Parte II)

El cuerpo de John salió lanzado hacia atrás, la bala abría una enorme herida en su omóplato derecho. Un chorro de sangre se alzó en el aire. Una sonrisa maligna se formó en su rostro:
  • ¡Muere!
Cortez abrió los ojos, su adversario, lo observaba con odio, dándolo ya por muerto. Un paso hacia atrás, John se colocó de pie, y miró fijamente a Ramírez. Un paso hacia adelante, Cortez se dirigió hacia su enemigo, empuñó de su saquillo izquierdo una filosa perica y sin pensar siquiera se lanzó al ataque.
Una vertiginosa inclinación y un tajo se abrió en el pecho de Héctor, quien de inmediato apaleó el rostro de su enemigo, lanzándolo nuevamente hacia atrás. La mirada desviada, el cuerpo de Ramírez cayó de rodillas al suelo, con su derecha en la herida, cubriéndola y embarrándose de rojo.
La sonrisa de su rostro se fue borrando poco a poco, sus ojos se cerraban. Jon se colocó de pie, herido, pero no en un estado crítico. Un respiro, Cortez respiró un momento y dio un paso hacia atrás, para entonces enterarse de su herida. Las miradas se cruzaron, ambos, dañados uno por el otro, pero aún con un odio profundo por su enemigo.
Un repentino meneo, ambos se colocaron en posición y apretaron sus dientes. Un paso hacia adelante y la corrida comenzó, los golpes comenzaron a abatir sobre ambos, sus puños se cruzaban, se movían con ligereza, siendo magullados por el contrario a la vez que ellos lo hacían. Manchas de sangre se extendían por todo el lugar, el cansancio los comía lentamente. Ambos dieron un paso por detrás y se alejaron unos metros del adversario, tan solo para descansar un momento y lanzar el siguiente grito.
De repente un gran eco y un destello se vio en el lugar. Momentos después el cuerpo caían con fuerza sobre el suelo, su cráneo, recubierto de rojo vivo, había sido completamente destrozado por el porrazo. John alzó la mirada y sus ojos se abrieron completamente. Uno de sus subordinados había atacado sin pensarlo.
Una gran sonrisa en su rostro, un gran caño de hierro, encastrado en sangre entre sus manos, con el que había destrozado a su jefe. John dio un respiro y se dejó caer al suelo. James, el ejecutor que había linchado a su propio cabecilla, alzó las manos y lanzó un grito en señal de victoria. Los disparos se detuvieron un momento, una enorme sonrisa se dibujó en los rostros de todos los miembros, quienes siguieron a su compañero y loaron con pujanza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario