Paul, George, William y Eric caminaban lánguidamente por una obscura y solitaria cuadra. En el horizonte, las copas de los edificios más altos se alzaban en el cielo. La luna iluminaba el cielo y miles de estrellas salían a la luz:
- ¿A dónde vamos? – Preguntó George
- Cuando lleguemos lo sabrás
De repente, metros por delante de ellos, decenas de hombres se asomaron y se quedaron en el lugar. Grandes sacos y ropas negruzcas era lo único que se lograba distinguir a varios metros de distancia, pero mientras más cerca de ellos se hallaban, más resaltaban los detalles
- ¿La familia oeste? – Chilló George - ¿Qué hacen aquí?
Los cuatro jóvenes dieron unos cuantos pasos más y ambos grupos quedaron frente a frente:
- Entonces ustedes, niñatos, fueron los que amenazaron con acabarnos… - Dijo de inmediato el dirigente, Riugato – Ustedes fueron quienes asustaron al pueblo y causaron ese caos…
Paul, tranquilo a pesar de la situación que estaba viviendo, observaba fijamente al viejo frente a él. Los ojos de Riugato Valdamone resaltaban con fuerza y le decían que en aquel lugar había peligro:
- Díganme niños… ¿Qué mierda es lo que buscan?
- ¿Lo que buscamos? – Repitió Paul – Lo que buscamos, Señor, es poder…
Paul, de inmediato, sacó de su saco su pistola y al instante el cañón apuntaba entre los ojos de Valdamone. El viejo miró fijo al chico y una sonrisa creció en su rostro:
- ¡Vamos dispara! – Exclamó R Riugato, para tomar el caños de la pistola y acercarse frente hacia el - ¡Dispara si es que puedes hacerlo!
- No deberías subestimarme… Viejo…
- ¡Se lo que pretendes! ¡He vivido miles de veces esta situación, chico! – Gritó con pujanza - ¡Dispara!
El dedo se movió con rapidez y Paul presionó el gatillo. El cuerpo de Riugato abatía con fuerza sobre el frio suelo. Sus subordinados, por detrás, observaban fijamente la escena, ver morir a su jefe frente a ellos.
- ¡Maldito!
Paul giró la mirada, uno de los miembros corria furioso hacia él. Con sus puños cerrados y su ceño fruncido. Dos disparos, el hombre cayó al suelo, herido, pero an vivo. Dos balas habían dado en su viente, abrinedo profundas hertidas que con facilidad podrían haber terminado con su vida:
- ¿Alguien más? – Preguntó Paul. Señalando con el caños a todos los del grupo. Pero nadie daba un paso – Bien…
Paul dio la vuelta, guardó su pistola y comenzó a apartarse del lugar. Eric, George y William, conmocionados por lo que acababa de pasar, siguieron al chico y minutos después, el grupo era indistinguible de sus sombras.

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