- Finalmente, oficial Martínez… - Dijo el cabecilla con una gran sonrisa en su rostro
- ¿Qué quieres? Albert – Preguntó el oficial
El cabecilla, al oír las palabras de Martínez, realizó un rápido movimiento y tomó del cuello al oficial. Para entonces levantarlo en el aire y mirarlo fijamente:
- Tu sabes bien lo que quiero… - Exclamó – Tu investigación, sobre la familia del lado oeste estoy hablando… ¿Qué crees que estás haciendo?
- No creo que debas meterte en problemas que no te incumben…
Albert, presionó con fuerza el buche de Martínez y lo lanzó contra uno de los muros:
- ¡Recuerda con quien estás hablando! – Exclamó - ¡Su país está bajo nuestro control! ¡Todo lo que suceda aquí es de nuestra incumbencia!
- No me digas… Lo único que realmente hacen es masacrar a nuestros habitantes… - Expuso – Eso no es control…
El cabecilla, furioso por las verdades que salían de la boca del oficial, se colocó en posición y poeto el abdomen de Carlos, castigando su ya estropeado cuerpo. Un chorro de sangre se colgó de sus labios y su mirada se detuvo en su enemigo.
Martínez lanzó una carcajada, para entonces mirar fijo al militar y sonreír de oreja a oreja:
- ¿Cómo podrías tu controlar un país ajeno si solo sabes matar personas? – Siguió explicando – No deberíamos confundir las cosas de tal manera… Y tú, principalmente, no deberías involucrarte en nuestras investigaciones…
- ¡Ya deberías saberlo! ¡La policía no debe involucrarse en nuestros asuntos!
- Claro, piensan que sin datos específicos que salgan a la luz no se sabrá la verdad de la milicia… Lo siento, pero de nada servirá, las mismas personas tiemblan al verlos, porque entienden que no son más que monstruos que en algún momento vendrán y los acabarán en un segundo, a ellos y a toda su familia...
El cabecilla, aun molesto por el suceso, tomó su pistola y la colocó justo frente al oficial Martínez:
- ¡Eso es lo que sucede cuando un país se endeuda! ¡Cae en desgracia! ¡Ustedes lo sabían, su gobernante es la causante de todo esto!
- Claro que lo entiendo… - Dijo el oficial – Ahora vamos, dispara… Vuela mi cabeza en mil pedazos…
La mano del militar comenzó a temblar con fuerza. El cañón de su pistola, movimientos de un lado a otro, comenzó lentamente a alejarse del oficial, hasta que finalmente entró nuevamente en el saco del cabecilla:
- Mi mensaje ya está dado… Deja esa investigación o volveremos…
El Albert Montecarlo dio la vuelta, alzó la mano y dio la orden de retirarse.























