Los disparos sonaban en el lugar, las balas perforaban los cuerpos de los pretendientes, quienes asechaban contra los rostros blancos con todo lo que tenían, pero no lograban hacerle frente a su poderosa armada. Los cadáveres de los Dicarino se extendían por todo el lugar, en ese momento una sirena comenzó a oírse a lo lejos.
Ernesto alzó la mirada, un convoy de patrullas se acercaban al lugar a grandes velocidades:
- ¡La policía! ¡Preparen sus armas! – Exclamó Ernesto, a quien se le había encargado el mando de la tropilla
Los civiles se apartaban del lugar y los coches de oficiales comenzaban a detenerse formando una barrera en el lugar. Pasaron unos segundos hasta que decenas de oficiales se hallaran frente a ellos, apuntando con firmeza y decididos a luchar:
- ¡Ataquen!
El fuego se abrió de inmediato, las balas cruzaban de un lado al otros y la sangre comenzaba a escurrirse por el lugar. Sánchez bajó de su patrulla y tomó su revólver, para entonces cubrirse detrás de su vehículo y recargar su arma:
- ¿Acabamos con todos? – Preguntó Martínez, arrimándose a su jefe
- No, necesitamos información sobre esta familia, no nos vendría mal algún dato sobre la misma… - Explicó – Dejen vivir a todos los que puedan, llévenlos contra la pared y espósenlos de inmediato…
- ¡Entendido!
Martínez dio la vuelta y se largó al ataque. Sánchez se colocó de pie, colocó su mano sobre el capó de su automóvil y dio un salto al otro lado del mismo. Sujetó su arma con firmeza y levantó la mirada.
Paso tras paso, los cadáveres abatían contra el suelo y varios de los enmascarados se lanzaban al ataque cuerpo a cuerpo. De repente un grito comenzó a sonar por delante, Sánchez dio vuelta su rostro y esquivó su puño, el cual rozó su mejilla y pasó de largo.
Un golpe en su vientre, el siguiente en su rostro para entonces tomarlo de su camisa blanca y lanzarlo contra la pared. Sánchez apuntó su arma contra él:
- ¡Levanta las manos y quédate quieto! ¡Si te mueves no dudare en acabarte aquí mismo!
Una pequeña risa se oyó de inmediato. El enmascarado llevó su mano izquierda hacia su saco con lentitud y tomó su pistola:
- ¡Baja las manos y suelta el arma ahora mismo! – Decía Sánchez observando a su apresado
El cañón en su frente, una risa comenzaba a sonar y el cuerpo de Sánchez comenzaba a temblar. La fría superficie de su arma comenzó a arrimarse lentamente hacia su máscara. El dedo en el gatillo era pulsado lentamente:
- ¡No lo hagas! ¡No dispares! – Gritaba Sánchez, desesperado al ver como el hombre pretendía matarse a sí mismo
- Nunca lo harán, nunca nos lograrán atrapar…
- ¡Quieto!
El dedo pulsó el gatillo y la bala dio contra su rostro. Un chorro de sangre salió lanzado de la herida y embarró el suelo a su lado. El cuerpo cayó firme contra el suelo.

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