Las banderas se alzaban en alto. La policía nacional y la milicia combatían duramente frente a la magistratura. La sangre teñía el suelo y los ojos de los combatientes se impregnaban en sus adversarios. Gritos de guerra se oían sonar con fuerza. Cuchillas, pistolas, rifles y fusiles hacían sonar el lugar transformándolo en un infierno. Rojos contra azules, como siempre había sido.
Humberto alzó la vista. Su brazo ensangrentado abatía contra el suelo. Gonzales danzaba con ambas cuchillas en sus manos, moviéndose con rapidez zarandeando aquellas hojas de medio metro que más que cuchillas parecían ser floretes.
Un movimiento desesperado. Humberto tomó su rifle con su único brazo sano y las balas comenzaron a embalarse contra Gonzales. Ninguna de ellas logró tocarlo, pasaron solo segundos y su segundo brazo tenía el mismo horrible final que su igual.
Humberto lanzó un fuerte grito y clavó sus ojos contra Gonzales, quien daba lentos pasos hacia él. De repente su brazo se alzó en lo alto y el filo dibujó la luz del sol en su rostro:
- ¡Maldito! – Gritó Humberto - ¡Esto no acaba aquí!
El machete dio contra su cráneo. La sangre saltó por doquier y el filo quedó enterrado en su cabeza, traspasándola por completo y dejándose ver por debajo. Gonzales retiró el filo y dio un paso atrás; el cadáver cayó al suelo con gracia.
La multitud seguía en combate, grandes llamas consumían la bandera de los federales, la cual, alzándose en lo alto, ardía en llamas y seguía su curso. Él dio un paso; Romero, subjefe de la policía nacional miraba fijamente la cruel muerte de su superior. Lanzó un vistazo, sus hombres perdían terreno y eran masacrados por la milicia, formando un suelo de cuerpos los cuales pisoteaban sin siquiera mirar.
Gonzales comenzó a acercarse con sus armas en mano. El pecho de Romero comenzó a cerrarse y de inmediato su respiración cesó. Dio la vuelta, alzó su puño y gritó:
- ¡Retirada!
En ese momento dos mitades dieron vuelo en el lugar. La parte superior de su cuerpo era arrancada con fuerza por el filo de las cuchillas de Gonzales, quien arrancaba de raíz su vida. Los oficiales dieron un paso atrás y el grupo comenzó a huir de la escena.

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