En la semana, cientos de ataque se realizaron al norte de la zona perteneciente a la familia Casas. Las ciudades Mitigo y Jaime fueron los principales campos de batalla entre los cruces con los rostros blancos. Decenas de personas, tanto miembros de familias como civiles perdieron sus vidas durante los ataques.
Miles de camiones se acercaban por la ruta J directo a Párambo, ciudad ubicada al sur del país, centro principal de la industria nacional, donde el puerto se ubicaba y donde las exportaciones se expandían. Montecarlo dirigía la vista al frente, esperando con ansias la llegada hasta la ciudad. Alzó su mano y tomó un comunicador, para entonces arrimarlo a sus labios y pulsar un botón del mismo:
- ¿Ya se encuentran en posición? – Preguntó Montecarlo, en el asiento acompañante del vehículo que dirigía el convoy
- Así es… - Respondió Gómez, subjefe de la milicia – Nos hallamos en el punto acordado y las bombas se encuentran en el lugar correcto
- Entonces háganlo…
- Bien…
Ambos dejaron el comunicador a un lado. Gómez arrimó su mano a una pequeña mesa de madera que se hallaba detrás de él y tomó un pequeño control, para entonces colocar su pulgar sobre el botón principal y gatillarlo de inmediato.
Un catastrófico sonido. Dos enormes explosiones sonaron en lugares separados de la ciudad y grandes llamaradas se alzaron en el fuego:
- ¡Ahora!
Los caminos comenzaron a entrar violentamente en la ciudad, los militares, uniformados con ropajes rojos y boinas negras, salían de los coches y de inmediato se arremetían contra los habitantes. El sufrimiento creció y creció por todo el lugar. Gómez dio un paso al frente y tomó nuevamente su comunicador:
- Ahora sí, es hora… - Dijo el coronel – Acaben con todos…
Al otro lado de la ciudad, un enorme grupo de militares se arrimó a uno de los mayores productores locales, “Drunk guys”. De inmediato los disparos comenzaron a sonar. La sangre comenzó a saltar de un lado al otro y en segundos todo el edificio se convirtió en un caos.

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