Los disparos sonaban en el lugar. Las calles se transformaban en campos de batallas disputados entre ambas familias: los Dicarino y los rostros blancos. A la vuelta de la calle, Paul y Sala observaban desde el vehículo, alejados a tan solo metros de la balacera. Los cuerpos caían uno por uno, los refuerzos dirigidos por Ernesto arrasaban con todo adversario que se les interpusiera.
La luna se alzaba en el cielo. Los vehículos policiales se dirigían al lugar, encabezados por el jefe de la zona, Martínez. Las sirenas sonaban con fuerza. Los civiles abandonaban las calles y de inmediato ingresaban en sus hogares. La sangre seguía corriendo en el lugar y la obscuridad de la noche comenzaba a pedir más:
- Esta vez conseguiré algo, estoy seguro de ello… - Se decía Martínez, quien llevaba preparando todo desde hace ya varias horas
Un último disparo, el humo del cañón se mezcló con el de su cigarro. Ernesto levantó la vista, sus contrarios habían caído y el ataque había sido contenido. Los sonidos se hicieron más fuertes, sus ojos se abrieron completamente, decenas de patrullas se dirigían desde todas direcciones hacia el lugar:
- ¡La policía está aquí! ¡Rearmen sus puestos! – Exclamó con fuerza, sorprendido e intimidado por la cantidad de coches que lograban apreciarse
Paul lanzó un vistazo desde la ventana, sus hombres enmascarados comenzaban a bloquear las calles con los vehículos, utilizándolos como un retraso para los policías. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro y las patrullas comenzaron a estacionar.
Los oficiales bajaban en grupo. Con sus armas en mano y su vista en alto, el fuego se abrió en el momento. Los rostros blancos cubrían su terreno mientras las fuerzas enemigas intentaban entrar por ambos lados:
- Suarez, no es necesario acabar con todos… - Dijo el oficial Martínez – Solo necesitamos tomar miembros de los Dicarino, ese es nuestro objetivo aquí…
- Señor, no será posible….
- ¿Cómo?
- Ellos no están aquí, acabaron con todos…
Martínez salió de la patrulla, tomó su arma y alzó la mirada. Una enorme sonrisa se desprendió de oreja a oreja:
- Al parecer hay algo mejor que eso… - Afirmó Martínez
- ¿A qué se refiere?
- ¿Ves aquél vehículo estacionado en el callejón? – Inquirió Martínez señalando el coche en el que Paul se hallaba – Aquellos dos hombres no han bajado, es posible que me equivoque, pero mi intuición me dice que alguno de ellos es el jefe de los rostros blancos…

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