Las horas pasaron rápidamente luego de eso, hasta que finalmente llegó la hora y emprendí mi camino hacia mi encuentro con ella.
El leve viento golpeaba en mi rostro mientras mis pies se adelantaban uno tras y otro y me acercaba cada vez más a mi destino. El día estaba frio, aunque realmente me encantaba. Las heridas de la noche anterior aun ardían un tanto, aunque ya casi ni las sentía por el tema de que hace varias horas venían molestando.
En ese momento llegué al lugar, ella se encontraba reposada contra un gran árbol, llevaba puesto el uniforme escolar, aunque su cabello era diferente, aunque realmente no sabía porque:
- ¡Hola Jimmy! – Exclamo ella mientras caminaba hacia mí con gran prisa y una sonrisa en su rostro
- Hola… - Pensé un momento como debería llamarla, aun no conocía su nombre
- Amalia… Ese es mi nombre…
- ¿Italiana? – Pregunté
- Así es… Bueno, más bien mi madre… Yo crecí aquí, en una de las ciudades del Oeste; Turbania - Respondió – ¿Vamos?
- Bien…
El tiempo comenzó a pasar, ese día le instruye varias cosas sobre esta ciudad, claramente dejando de lado todo sobre los atacantes y lo demás, no es que sospechara de ella, era más bien un resguardo.
Ya era de noche, habíamos logrado recorrer casi media ciudad, por lo que seguiríamos al día siguiente. Nos encontrábamos camino hacia mi departamento (El cual se encontraba bastante más cerca que según me dijo era su casa, la cual se encontraba al otro lado de la zona), la tormenta se acercaba y necesitábamos un lugar donde refugiarnos de ella.
Llegamos a mi morada, tome mi llave y abrí la puerta rápidamente, para luego entrar al lugar y esperar a Amalia, para luego, finalmente cerrar. Los truenos se sentían uno detrás de otro, el cielo se iluminaba y tras la silueta de los edificios se alcanzaba ver un enorme rayo asechando el firmamento:
- El baño se encuentra en la última puerta – Dije señalándolo desde el lugar – Si quieres puedes usarlo
- No gracias, tengo algo mejor que hacer…
De repente una mano toco mi cuerpo, gire mi cabeza, ella se arrimaba lentamente y tocaba mi cuerpo con suma suavidad. Fue entonces cuando tropezó y ambos caíamos sobre el sofá.
Nuestros labios se acercaron, cuando pude darme cuenta ambos nos encontrábamos rozando nuestros rostros…

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