Abrí mis ojos, mi cuerpo estaba totalmente cubierto de sangre, aun tiritando, pero sin señal de haber sido herido. Alcé la mirada, el ser se encontraba aun frente a mí, pero con una discrepancia, su brazo había sido cercenado.
De repente un sonido pausó el momento, lancé una mirada alguien se acercaba, asimismo poseía alas, pero no era igual a ellos, el desprendía un aura de fuerza y valentía, él estaba aquí para protegerme.
El ser amputado dio la vuelta y en un abrir y cerrar de ojos su cuerpo se hallaba en dos piezas que se deshacían en el aire.
El ser restante no contuvo, y de un solo movimiento salió disparado contra mi redentor, quien al verlo por segunda vez me pude percatar, poseía una formidable y magna espada.
Las garras del ser se alzaron en lo alto mientras volaba a grandes velocidades hacia mi salvador, quien tomando su espada con fuerza pudo bloquear el ataque de su adversario y luego cortar una de sus alas sin mucha dificultad.
La sangre que emanaba del ser teñía el suelo de rojo, y los chillones gritos de dolor mientras este abatía contra el suelo provocaban un enorme malestar auditivo. Pero mi salvador no se detuvo allí, y tomando la espada con ambas manos cortó al ser en dos, convirtiéndolo en cenizas que se espumarían al cabo de unos segundos.
Dio la vuelta, su mirada daba terror, pero a la vez protección y pureza. Él se alzó en el cielo y sin dudar un segundo aterrizo frente a mí:
- ¿Te encuentras bien? – Preguntó el
- Así es… Gracias por salvarme… - Agradecí. El dio la vuelta y levantó su mirada hacia el firmamento. Las gotas de lluvia aún caían con fuerza sobre la zona
- Descuida, es mi deber hacerlo… - Respondió
- ¿Qué eran ellos? – Inquirí
- Demonios de bajo nivel para ser más específicos, comandados por el rey Asmodeo
- ¿Y qué querían de mí?
- Matarte… - El lugar quedó en completo silencio un segundo
- ¿Pero, por qué? – Curioseé. El giro su rostro y colocó su mirada sobre mi
- Porque tú eres el descendiente de un ángel, el Ángel de la muerte…

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