El aula estaba repleta de gritos y chillidos, como siempre. El profesor, de ya edad avanzada, explicaba ecuaciones matemáticas las cuales pocos observaban y aún más pocos entendían.
Las gotas de lluvia golpeaban la ventana, la cual se encontraba justo a mi lado. Gire mi rostro, un enorme ave negra se asentaba en lo alto de un árbol, una sensación llego a mi cabeza y de momento un bramido insufrible comenzó a molestar mis oídos.
Di la vuelta, pensando que el sonido provenía de la sala, pero no era así, al parecer nadie más que yo podía oírlo. La resonancia aumentaba a medida que el tiempo pasaba, dejándome completamente alejado del mundo real.
El sonido seguía repiqueteando, quede paralizado ¿Qué estaba ocurriendo?, creí que mi tímpano estaba a punto de explotar, pero no era así. El profesor seguía dando la clase, pero ya ni atención podía prestar.
De repente el chillido se elevó y de un salto me levante y coloque mis manos sobre el banco, gotas de sangre comenzaron a caer sobre la butaca, eran mis ojos, estaban llorando sangre.
Di un grito, estaba sumido en la desesperación, pero nadie se daba cuenta de esto, era como si no estuviera allí, como si fuera un fantasma en medio de la sala.
Mi cuerpo comenzó a moverse por sí solo, rápidamente di unos pasos y escape de la sala. Mis torpes pasos daban contra el suelo mientras el líquido rojo aun caía sobre el mismo, marcando un camino rojo que me seguía a todas partes.
Corrí por el pasillo hasta llegar a las escaleras de la azotea, subí por ellas y en unos momentos me encontraba bajo una lluvia que empapaba mi cuerpo completamente. Levante mi rostro, mi cuerpo temblaba contantemente y el sonido proseguía sonando, cada vez más y más fuerte:
- Parece que finalmente llegó la hora… - Dijo una voz frente a mi
Baje mi rostro, Gabriel, el ángel que pensaba, era de mi sueño, se encontraba justo frente a mí, sonriéndome con sus enormes alas abiertas en el firmamento.

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