martes, 7 de julio de 2015

El Corazón de un Homicida Capítulo 18: La historia de Keil y Willis (Parte 6)

Rápidamente, los cuatros corrieron hasta la lancha y condujeron hasta tierra firme, para de ahí, correr hacia la camioneta y emprender viaje. Por suerte David savia donde vivía su objetivo, pero era bastante lejos de donde se encontraban.
Manejaron casi una hora hasta llegar al lugar, era una enorme casa, paredes de vidrios y muy buena iluminación, la cual hacia que su hermoso césped brillara e intimidara a todos. La camioneta se encontraba unas cuadras atrás, habían dos guardias en la entrada y no podían dejar que los vieran tan fácilmente, asique se bajaron del vehículo y comenzaron a caminar, claro, con sus armas en sus manos.
Al llegar se percataron de que además de ambos guardias, dentro había una bandada enorme de ellos, todos con armas de óptima calidad y con cara de pocos amigos
  • Andrei, apuñala al guardia derecho, yo iré por el izquierdo. Luego Keil y Willis acaben láncense contra los demás – Exclamo David tomando su cuchilla
  • Bien – Respondieron los demás como si fueran uno
Andrei y David comenzaron a acercarse muy lentamente, con sus cuchillas en sus manos, hasta que finalmente llegaron hacia los guardias. Un corte aquí y otro por allá y los guardias habían caído al frio suelo.
No paso un instante que Willis y Keil ya se encontraban pateando la enorme puerta y lanzando disparos como si fueran un par de animales hambrientos. Los cuerpos comenzaron a caer al suelo, aunque otros respondieron al ataque y obligaron a Keil y Willis a retroceder y cubrirse en un muro de concreto que se encontraba allí.
En ese momento David tomo una granada que llevaba en su bolsillo, y lanzándola limpia y curiosamente, hizo volar a varios de los esclavistas. Pero no hizo mucho a nuestro favor, ya que llamo la atención de varios enemigos que se encontraban cerca.
David dio un grito y los cuatro entramos al edificio, disparando y acuchillando a todo el que se cruzara por nuestro camino. Hasta que finalmente logramos traspasar el enorme conjunto, y fuimos directo a escondernos en una habitación que se encontraba oscura y desolada.
La habitación era pequeña y no tenía más que una ventana cerrada con cortinas negras. Los cuatro nos tiramos sobre el suelo para descansar un poco de lo ocurrido, y en ese momento escuchamos y pequeño ruido…
  • ¡Ah! – Susurro y grito a la vez, adolorido
Todos lanzamos la mirada de donde venía, era David. Habían abierto su pecho como si fuera pescado fresco, su sangre se derramaba y caia al suelo, manchándolo de un rojo vivo que se volvería oscuro en unos minutos.

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