Ambos corrieron con rapidez, uno hacia el otro, y los golpes comenzaron a brotar. Las filosas chocaban una contra la otra, grandes heridas se abrían por todo sus cuerpos, pero no se detenían, seguían lanzando un ataque tras otro.
Mientras tanto, Kou aún retenía el ataque del ave, quien cada vez lanzaba más y más peso sobre el golpe. Una gota comenzaba a caer por su pelaje, Kou no podía resistirlo, la fuerza ejercida por el Ave Fenix era demasiada, y las llamas expuestas a su garganta comenzaban a quemarla tras unos segundos.
Touma do un salto, su pierna se movió a una velocidad increíble mientras el enemigo esquivaba con facilidad el ataque. Un golpe, el puño de Salamander impactaba fuertemente contra el abdomen de Touma, quien no daba paso hacia atrás y contraatacaba:
- ¡Maldito! – Gritaba mientras una pequeña plancha se materializaba delante de él
El puño de Touma salió lanzado a una velocidad monstruosa, para finalmente acabar sobre la superficie que hace unos instantes se había levantado. El cuerpo de Salamander salió lanzado de inmediato, el impacto del golpe había mandado a volar al enemigo.
Kou hundió fuertemente los colmillos sobre el dorso del ave y con una pujanza bestial arrojó al Torem justo hacia uno de los enormes muros. Los escombros abordaban a caer uno por uno. Salamander y el Ave Fenix eran encubiertos por el polvo de la estructura ya en pedazos, una fuerte algarabía sacudía el lugar, todo comenzaba a distinguirse.
Un enorme lugar, grandes serranías a lo lejos, un cielo rojizo, al igual que la sílice bajo él. Kou y Touma observaban sorprendidos, nunca se habrían imaginado que tras aquel canal se encontraría un lugar así.
En ese momento lo intuyeron, aquellos conductos solo eran una distracción, el verdadero reino, la verdadera fortaleza del Infarmento, su auténtica base se hallaba en aquel desolado lugar, eso era lo que realmente protegían los soldados, aquel magno lugar.
Las llamas del ave al golpear el muro habían comenzado a abrazar la zona, una formidable montaña de humo y polvo se alzaba en lo alto, Salamander comenzaba a alzarse espaciosamente, aun con la misma repugnante sonrisa de siempre, observándolos detenidamente y con su gran centella en sus manos.

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