El filo de su espada danzaba en el aire, haciendo caer miles de cadáveres, cadáveres que hace solo instantes hubieran sido soldados. Los colmillos de la bestia arrancaban y despedazaban a todo aquel que se metiera en su camino, sin dejar ni a uno de ellos vivo. Touma y Kou arrasaban con todo.
Las explosiones eran cada vez más frecuentes, miles de soldados atacaban a ambos, con la esperanza de salir vivos, pero aquel sueño se acababa cuando sus oponentes atravesaban su cuerpo. Lanzas, espadas, cuchillas y hasta rifles habían en el campo de batalla, pero ninguno era capaz de detener a aquellos monstruos.
Nunca acababa, a cada instante un nuevo adversario se colocaba frente a ellos, y hasta a veces más de uno. A pesar de que todos eran transformados en muñecos rojos, sus compañeros abandonaban su instinto animal y seguían con el ataque, sabiendo que de igual modo morirían, intentaran o no escapar. Touma daba saltos, giros y rápidos movimientos, esquivaba sus ataques y luego, sin siquiera pestañar, lapidaba a su adversario, sin el mínimo sentimiento de culpa y sin derramar ni una sola gota de sudor.
Volvían a atacar, los soldados se amontonaban sobre ellos y eran asesinados, así otro grupo de desesperados surgía. Este mismo hecho se repetía una y otra vez, sin parar ni un segundo, hasta que, de repente, una oleada de llamas se alzó a lo lejos. Touma alzó la vista, no sin antes acabar con los que por delante lo asechaban:
- ¿Qué es aquello? – Se preguntaba Touma mientras observaba fijamente lo sucedido
Las llamas se acercaban con gran rapidez, pero aún no estaba lo suficientemente cerca como para comprender de que se trataba:
- ¡Touma! – Se escuchó fuertemente. Touma giró su rostro, Kou corría hacia él con rapidez, al parecer preocupado por aquel ardiente fuego
Touma devolvió la vista, un ave, un enorme, gigantesca ave en llamas se acercaba hacia él con una velocidad desesperante, era seguro, no podía ser otra más que el Ave Fenix, el ave que resurge de sus cenizas, el Torem de Salamander.
Kou dio un salto y con presteza se interpuso entre ambos, abrió su magna mandíbula y detuvo al volador en llamas con sus grandes colmillos.

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