Touma observaba con dolor su filosa, el único recuerdo de Wataru, convertirse en cenizas mientras la caja de pandora tragaba todo su ser. Konan observaba felizmente a su adversario, quien era despedazado segundo a segundo. Pasaron un par de minutos hasta que los haces de luces que emanaban del cielo desaparecieran y la caja del bien y el mal se alzara en lo alto, para instantáneamente demolerse en una lluvia de luces que destellaban sin cesar.
Trozos de madera y oro caían al suelo, rebotaban un par de veces y se quedaban estáticos en el momento. Konan dio un paso y junto ambas manos:
- ¡Y ahora Touma! ¡Prepárate para el acto final! – Exclamó Konan, quien levantó su brazo derecho, lo colocó en su hombro izquierdo y dio un gran tirón. Un chorro de sangre saltó varios metros por delante y embarró el rostro de Touma
De inmediato dos grandes alas se encumbraron en su espalda y sus ojos se tornaron celestes. Su cuerpo comenzó a adquirir una forma diabólica, con grandes garras, piel azulenca, enorme tamaño y un extraño pico:
- Estoy seguro de que lo conoces – Dijo Konan con una atroz voz
Touma levantó la mirada y su ojo se abrió al tope, una enorme bestia, un dragón, se hallaba de pie frente a él
- La bestia que arrió tu hogar – Konan dio un paso y el suelo retumbó – La legendaria bestia del agua, tu mayor enemigo ¡Soy yo!
Konan se lanzó con prisa y bruscamente su formidable cola sacudió el cuerpo de Touma, quien salió desalado con pujanza:
- ¡Ódiame!
El cuerpo de Touma salió embalado e impactó contra una gran montaña que se hallaba a metros del lugar, quedando enterrado en ella sin poder salir, sin siquiera poder moverse. El monstruo observaba a Touma con firmeza y caminaba hacia él lentamente, acercándose paso tras paso a su enemigo:
- ¡Vamos!
Mientras tanto Mukamoto volvía hasta la nave, el punto de encuentro del escuadrón. A lo lejos, una mancha negra se asomaba en el lugar:
- Al parecer no soy el primero… - Se decía Mukamoto. Grandes heridas y manchas de sangre cubrían todo su cuerpo. Siete grandes espadas colgaban de cuerdas a su alrededor, la espada de siete brazos separada por completo, formando espadas completamente uniformes y dejando de ser parte del Infarmento
Paso tras paso Mukamoto se aproximaba más al lugar y seguía sin reconocer a aquella persona que se hallaba en su nave. Observaba una y otra vez, pero por más que lo intentara le era imposible distinguirlo. O al menos hasta ese momento. De repente, el hombre a lo lejos, dio la vuelta y lanzó una sonrisa. Fue entonces que Mukamoto lo reconoció:
- ¡No puede ser! – Prorrumpió Mukamoto - ¡Mierda!
Un gran pasó y Mukamoto comenzó a correr con apresuramiento hasta el lugar. Pasaron un par de minutos hasta que Mukamoto finalmente llegara y se encontrara con que, como pensaba, aquel hombre, era Kaurobo…

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