miércoles, 4 de noviembre de 2015

Ángel de la muerte Capítulo 20: Cruzada

Su cuerpo salió embalado hacia mí. Coloque mis pies de una manera perfecta y estire mi brazo, teniendo la esperanza de que la espada apareciera frente a mí, pero no.
Su puño golpeo mi rostro haciéndome retroceder unos metros y lanzándome contra el muro. El siguiente ataque logré esquivarlo e imponer un tanto de distancia entre nosotros, pero no duró mucho.
El joven dio un salto y golpeo el muro, para luego comenzar a caminar sobre él y saltar hacia mí.
Un golpe, mi cuerpo salió disparado metros por detrás, un hilo de sangre colgaba de mi boca, yo lo observaba fijamente. Las gotas de lluvia comenzaron a caer poco a poco y en unos segundos el lugar se encontraba sumergido en un eterno aguacero.
Levanté mi cuerpo, el sonido sonaba, lograba escuchar el chillido en mi oído. Di la vuelta, mis alas, la enorme espada, todo se encontraba allí.
En ese momento me di cuenta; solo al ser atacado, solo cuando alguien fuera herido mi forma de ángel volvería, así funcionaba.
Sin tardar mucho más me alcé al vuelo y tomé mi espada, para entonces dar un enorme paso y acercarme al joven. Realicé un increíble movimiento, el filo de mi espada chocó contra la tapia, trozos de pared caían uno tras otro sobre el suelo.
En mis ojos había una extraña energía, me movía por puro instinto, y aunque el joven esquivara todos mis ataques podía sentirlo, la emoción de la batalla.
El ente dio un salto y lanzo su pierna contra mí, mi cuerpo dio contra el suelo, pero no tarde en levantarme nuevamente y lanzar una serie de diversos ataques, los cuales golpearían todo menos a mí objetivo.
Un golpe en la mandíbula, otro en el pecho, el siguiente en mi rostro; estaba destruido, pero seguía con energías y con mi orgullo en lo alto, no me rendiría tan fácilmente.
Agarré mi filosa con fuerza e intente cortar a mi enemigo en dos, pero él logró esquivarlo y la espada golpeo el suelo, trozos de concreto comenzaron a sacudir el ambiente.
Mi sangre empapaba el suelo, ya no podía seguir, estaba demasiado herido, aquel seria mi último ataque, debía derrotarlo. Me coloqué en posición, tomé con ambas manos el mango y corrí rápidamente, para entonces soltar el ataque y notar que ya había sido previsto y claramente esquivado.
Un golpe, mi cuerpo cayó espaciosamente contra el suelo, me encontraba en un estado de inconciencia, me habían derrotado.

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